Fronteras

El día empezó en Beli Manastir, en la esquinita de Croacia frontera con Serbia y Austria, donde el día anterior miles de refugiados llegaron en autocares  y nos pusimos rumbo a Zagreb, la capital croata desde donde llegamos a Harmica, un pequeño pueblo fronterizo con Eslovenia adonde también estaban llegando familias sirias.
Lo que allí vimos, no fue nada diferente a nivel informativo: centenares de personas cansadas esperando a que los dejasen pasar hasta Eslovenia en la carrera de obstáculos que está siendo su éxodo huyendo de la guerra.
Allí todo el pueblo se había organizado para darles agua, comida, ropa, habían montado tiendas de campaña, los dejaban cargar sus móviles, ducharse e incluso dormir.
Allí también estaba la ONG Remar donde sus responsables habían convertido su casa en un comedor social y centro de cariño. Sí, centro de cariño porque es el bien más valioso que reparten.
En Zagreb, el Gobierno los estaba alojando en el hotel Purin, acordonado y completo de refugiados custodiado por dos agentes, por si “se escapan”, deprimente.
Todo esto en un mareo de pasos fronterizos y check point internacionales. De nuevo me pregunto para qué sirven las fronteras.

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