LA ENTREVISTA

Imagino que ningún periodista está preparado nunca para la entrevista de su vida. Ese encuentro donde, tan solo separado por una grabadora, se sienta el personaje con quien por una razón que la propia razón desconoce, has soñado entrevistar desde el primer día que entraste en la facultad de Comunicación. Siempre ha habido mil pretextos, reportaje de clase sobre folclore andaluz, un trabajo sobre las raíces antropológicas del Carnaval de Cádiz que a punto estuvo de convertirse en una tesina. Pero, ahora, simplemente, cosmopoéticamente, ha llegado.

Suelo resumirlo en que es puro frikismo cuando intento explicar, pero es que creo que hay mucho más detrás. Todo empezó en la plaza Pozoblanco en 1998. Una chirigota con clase actuó primero y después, después vinieron ellos. Los Piratas. El casete está más que rallado, pero en mi estantería está de reliquia. Lo sustituí por el CD porque ya no podía ni escucharse.

Este grupo marcaría tooooda mi vida, sobre todo, me acuerdo de la madrugada antes del examen de Derecho de la Información con mi Mery en nuestro saloncito de Triana que a cada tema “estudiao” venía la presentación, algún pasodoble. También “nos da” a mi Rosita y a mí de esas veces que solíamos frecuentar el Mercado, acabar yendo a los taxis cantando pasodobles piratas. Con mi Mari flamenca también nos hemos marcado unos quejíos mu subielistas en nuestro mítico viajecito al Palmar. Y luego SIEMPRE que hay un reportajillo de técnicas laparoscópicas, manos biónicas que hacen no se qué, esos temas sesudos que cuestan, llevan de fondo a Los Piratas o no hay cojones de escribirlos. “Con cara mirada” es nuestra, aunque ahora esté enfadaíllo, es mía y de mi primo Pepe, fue el mejor regalo del mundo mundial escucharla de la garganta de las mejores voces cordobesas que hay y habrá en Cádiz.

Antes de una entrevista, una mañana regulera, el momento ese de antes de salir con la casa patas arriba y la plancha puesta, en los malos momentos donde no reconoces a la tipa que está frente al espejo, ahí, sobre todo ahí, son sus pasodobles son los que me hacen recordar Cádiz, el faro, mi rumbo.

Pasaron los febreros y llegó La niña de mis ojos. Cierro los míos y me acuerdo del frío de un viernes después de grupos en una radio, al lado de Pastoral, con un viejo amigo carnavalero, y empezó a sonar: “Me la encontré en la calle, yo la miré en silencio”. Creo que no he llorado más, bueno sí, pero no como entonces. Ese año, se cumplió el sueño de mi vida. Mi prima Inma me regaló por mi cumple un finde en Cádiz.

“Como temblaba mi cuerpo cuando escuché mi primer tanguillo, yo que nunca había llorado, lloré ese día como un chiquillo…” Agarrada de su mano, en una bulla para llegar a la escalera de Correos, lloré. Lloré y ella me abrazaba y me decía: “María, que estás en Cádiz, tu Cádiz, el de Martínez Ares”. Una pasada de momento. Cuesta de Jabonería, Alameda, San Juan de Dios, chuzos de punta que caían ella me metía debajo de cualquier tablao y seguíamos.

A partir de ahí, ya fue obsesión por empezar con Requiebro, De Locura, Calabazas… poco a poco me hice con todos los casetes; algunos comprados en su tienda, a la que llegué a entrar en un par de ocasiones. Por eso me ha gustado tanto Góngora aunque ya lleve años sin pisarlo; ¡porque se parecía a la tienda de Martínez Ares! Igual de Doblón en Sevilla, nadie me entendía.

Luego un revolcón de la vida me llevo a “Ha dicho el santo padre”. Al igual que a él, me echaron de una congregación religiosa pero ese pasodoble sigue grabado a fuego en mí: “creo en ese Cristo tan humilde que murió en un madero y creo en su santa madre y que me perdone el cielo, a usted, yo no le creo”.

Avatares varios de la vida, La Revolución ha sonado en el metro camino de Candem Town, bajando Mont Sait Aignon en Rouen, y ¡hasta ha sonado Carnaval de Cádiz en Radio Clàpas de Montpellier!!! El culmen, después de lo pasado y de reconciliarme con Cádiz porque da igual a quien haya llevado allí, ese rincón es mi yoga, mi medicina, mi alegría y mi pasión, volví a la tierra que me enseñó él en sus comparsas un año antes de que él anunciara su vuelta. Premonición.

Y por último este año, en dos ocasiones he tenido la suerte de disfrutar, no de él, pero sí de su música, de su letra, de su grupo, ese que sí, de acuerdo, escuché varias veces hasta “cogerlo” y entender que esto es él, ni más ni menos.

Por eso, da igual que me digan lo malo que es, todo lo que ha podido enredar o dejar de hacer, me da igual. Su música es la banda sonora de mi vida aunque suene cursi. Gracias a él he escuchado a Martín, Bienvenido, Aragón… porque en 2003 yo decidí que no podía pasar un febrero sin Carnaval y mientras que él volviese, porque yo estaba convencida de que tarde o temprano volvería, había que aprender y seguir disfrutando del tres por cuatro descubriendo a otros autores.

De hecho, lo de “arista” o “juancarlista”… ya no… y mira que me costó que me gustara Juan Carlos, pero no ahora escucho un bombo y una caja y ya sea el grupo de Rusia o de Honolulu yo lo voy a escuchar porque seguro, que hay algo bonito; ¡que me gustan hasta las preliminares del concurso más patatero del último pueblo de Cuenca! Que da igual, que estoy convencida de que esto es literatura popular, es contar lo que mascan los grandes comentaristas de la tele en un lenguaje que lo entiende mi madre -menos las pajas mentales de Juan Carlos que, con cariño, a veces me cuestan tela-.

Lo mismo no queda clara la explicación, pero el Carnaval es lo que me hizo descubrir Cádiz y todo se lo “debo” a Antonio Martínez Ares, a quien hoy tendré la suerte de entrevistar y por el que llevo desde el lunes desvelándome a media noche a buscar en el libro el por qué de tal pasodoble o a recordar quién era el Piru o a releer el capítulo de Entre tus brazos, mi preferido. No pretendo estar a su altura porque él es el más alto. Así es que retomo el consejillo que me dio un buen compi del periódico antes de mi primer juicio, cuando me explicó dónde se sienta el fiscal, dónde la acusación particular, las defensas, que primero son las declaraciones, luego los forenses, los peritos. Pues ante tanta carga de información me dijo; “olvídate de todo y DISFRUTA”. Pues eso, pienso disfrutar del ratito más esperado de mi vida.

Lo dicho,”Cádiz, tenemos toda una eternidad”.

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